Uno no es muy amigo de desvelar hechos y circunstancias de relevancia propia, pero hoy haré una excepción.
El caso es que yo miccioné al lado de Georgie Dann en un urinario público, sí, de esos en paralelo.
El caso es que desde entonces ya no soy el mismo.
Pero no me quiero saltar la cronología de los hechos.
Tenía yo diecisiete años y a Oviedo llegó la Vuelta a España de ciclismo. Con la caravana multicolor llegaba también una serie de cantantes y artistas varios.
Aquel día todo me había salido bien: había apañado una gorra del Reynolds y un bidón de agua que Sean Kelly lanzó en plena galopada. No sé si el bueno de Sean lo hizo adrede, pero el caso es que el dichoso bidón aterrizó en mis morros, pero fue un bonito detalle por parte del gran ciclista.
Bueno, habíamos pasado mucho rato en la recta de meta, hacía calor y no habíamos hecho más que beber. La vejiga estaba llena y tocaban las alarmas.
Nos fuimos a la cafetería más próxima para buscar alivio.
En la barra estaba un nutrido grupo de chicas vestidas con mallas de red y una especie de bañador, las chicas estaban imponentes. El centro de atención era un tipo bajito con pinta de chuloputas (tupé y tacones mareantes) eso fue al primer vistazo.
Llegados a la batería de urinarios, nos ponemos a afanarnos en el buscado alivio cuando súbitamente aparece el supuesto chuloputas. En Oviedo, si meas en paralelo con alguien, has de decir hola.
Pues eso:
-Hola.
...
...
Y nada, el tipo me mira de barbilla para arriba... y no dice nada.
Vaaale, yo sigo a lo mío. Abro el grifo, me lavo las manos, me las seco y el tipo del urinario se pone a lavar sus manos.
Entonces me fijé en su cara reflejada en el espejo... ¡Joer, si es Georgie Dann!
Creo que se dio cuenta de que le dije "hola" como quien ve llover, no porque fuera Georgie Dann. Claro, si me hubiera cantado aquello de "el negro no quiere...". Eso sí, cuando le abrí la puerta para cederle el paso me dirigió una agradable sonrisa y esbozó un "grasias", eso fue lo que supuso un antes y un después.


