por murphy el Mar Nov 18, 2008 2:25 pm
Birgett yace sobre la alfombra, el joven le ha vaciado en el ombligo lo poco de vino que le quedaba en la copa. Una lengua tibia le ha bebido el ombligo y Birgett ha notado algo más de vino resbalándole por el muslo, en largos chorros, hasta alcanzar la rodilla. El hombre le ha vertido el vino que ella ha dejado sin beber. Se le escapa un suspirillo.
Las personas que a juicio del gobierno tienen problemas con el alcohol reciben, a primeros de año, un elegante carnet especial, con foto y todo. En la administración, en una oficina de Estocolmo, hay un archivo cuidadosamente redactado con los nombres de los borrachos del estado que es cuidadosamente guardado en su fichero cada tarde, luego de ponerlo al día, por un funcionario. Después de pasarse desde las ocho de la mañana hasta las cuatro de la tarde quitando y poniendo nombres de bebedores a la lista, el funcionario se pega un trago de whisky y se larga a casa a cenar con la mujer.
Marcus, según ese archivo, es un borracho oficial, así como el resto de la banda de tipos que nunca toman el autobús. Todos y cada uno tienen su elegante carnet especial, con foto y todo. Con el carnet de borracho pueden adquirir seis cervezas al día en el Systembolaget. Seis birras de, como mucho, 5’4 grados. No más. Por eso controlan con tanto celo el autobús que se dirige a Väastra Torggatan.
Aparece cada sesenta minutos ese autobús en la parada de delante del Systembolaget y, claro, todos lo esperan ansiosos.. Al llegar, el autobús abre y cierra las puertas: entra una pizca de aire. Luego, se pierde como ha venido, dejando en la parada a cuantos lo esperaban ansiosos. Pero, para cuando empieza apenas a alejarse el de Väastra Torggatan, Marcus y el resto se han colado dentro del Systembolaget y, uno tras otro, van comprando su cerveza de 5’4 grados. Así administran la dosis, en función del autobús amarillo que lleva hasta Väastra Torggatan. El autobús mismo es de color cerveza.
Entre los de la parada, no obstante, hay un tipo, enano y regordete, que prefiere otra línea: la que va hasta el Campus Futurum. El que realiza ese trayecto, en cambio, pasa cada doce minutos y al pobre desgraciado el cupo diario se le agota en un visto y no visto: en apenas una hora. Transcurridos esos primeros sesenta minutos de la mañana se pasa todo el día lamentándose, mendigando traguitos -¡ey, tronco, pásame unas gotillas! ¡Unas gotillas, tío, nada más!-, y sacando de sus casillas a Marcus y al resto.
-¡Eres un jodido enganchado! –le gritan-. Si por ti fuera, te privarías una garimba por cada puto coche que pasa, sin esperar al bus. O por cada bici que pasa, ¡o por cada mosca! Puto alcohólico de los huevos...
El pequeñajo regordete se queda mirando, triste, a las moscas que no hay. Hace mucho que las mató el frío.
Frío no, al contrario, Birgett siente un fuego abrasador. En muslos y cuello, sobre todo. La lengua del muchacho cubre ahora, hacia arriba, el mismo trayecto que antes habían realizado las gotas de vino ingles abajo. Nota la piel ardiendo y tiene la impresión de que la habitación es un enorme horno. Sudor, saliva y vino la cubren aquí y allí, pero sobre todo aquí. Siente al joven cada vez más dentro, más dentro. Se siente llena y nota la cabeza en un torbellino, vuelta y vuelta y vuelta. Frío no, que va, Birgett siente un fuego que la abrasa.
Hay, también otro personaje en la parada. Una mujer albina de piel transparente –da la impresión de que a poco que trague unas gotas de cerveza ésta se le verá por las venas corriendo, dando saltitos-, que guarda las seis cervezas de su ración diaria para, luego, durante el fin de semana, agarrarse unos pedos del nueve. Sujeta el mono fumando cigarrillos sin parar,uno detrás de otro, y, como es lógico, la odian todavía más que al gordo pequeñajo. La mujer translúcida permanece con la cabeza muy alta en la parada, como si fuese cada día a tomar un autobús que la llevara a París, y como si en París la estuviese esperando un actor famoso, con brillantísimos zapatos, que la llevara a la ópera. Pero la mujer de vidrio no coge nunca ningún autobús y permanece, sentada o de pie, enhiesta, en la parada, ocupándose de recordarles a los demás la medida de su dependencia:
-¡Ay, miserables! ¿Lo que es ser alcohólico, eh? Todo el puto día esperando una mierda de autobús, esperando a ver cuando trae el amo el papeo, como el perro que se la pasa babeando y babeando. Si fuéseis capaces de controlar como yo...
Así están en la parada del autobús, desde las nueve de la mañana hasta las seis de la tarde. Pues a las seis en punto sale Birgett del Systembolaget y comienza a bajar la persiana automática. Todos los de la parada se quedan cada tarde viendo caer el trozo de hierro, en silencio, como aquél que espera la guillotina. La cajera les hace un gesto con la cabeza, despidiéndolos. Ninguno aparta el pescuezo de la guillotina.
-Ha estado genial –dice el joven, apartando su cuerpo del de Birgett.
Birgett le sonríe desde encima de la alfombra, como confirmándolo. El pelo rubio se le mezcla, desparramado, con los arabescos de la alfombra. Le encantaría abrazar al tipo ve ahí arriba, de pie, pero siente su cuerpo cada vez más lejos. Le diría que se quedara a dormir, pero sigue tirada en el suelo, desnuda a la altura de los tobillos del muchacho, en otro plano. Él retira los platos de la mesa. La salsa del pollo está ya pegada, como una lapa, a la cerámica; es algo similar al sudor que se va secando sobre su cuerpo.
El joven se agacha y le planta un beso en la frente.
-Hasta la próxima.
El portazo hace que Birgett cierre los ojos por un segundo. Tiene unas horribles ganas de llorar allí, sentada en el suelo, desnuda, pero se levanta y, acto seguido, se lía a fregar los platos, sin vestirse ni nada. Una vez seca, es difícil quitar la grasa del pollo. Frota con saña los platos y frota con saña, luego, en la ducha, muslos y cuello.
Cuando ha cerrado con rabia la mampara de la ducha a Birgett le ha dado la impresión, una vez más, de ser una guillotina y, apenas ha sentido las primeras gotas empapándole el cabello, se ha acordado de los borrachos que están delante de la tienda todo el día. Este mes es el cuarto tipo se le marcha dejando los huesos de pollo en el plato. Cuatro pares de botellas de vino, cuatro pollos sudando en el horno, cuatro veces desparramando el pelo entre los arabescos de la alfombra y cuatro veces aguantándose el llanto a duras penas. Piensa que a ella también deberían darle un elegante carnet, con foto y todo. Aunque no sabe a ciencia cierta qué autobús deja sin coger.
Un beso en los labios, dos palabras lindas, una caricia que empiece en el cuello y muera en la cintura. Ésa sería su dosis, y mañana más. Se imagina a Marcus, el borrachín más alto, diciéndole: lo siento, no puedo darte más, has recibido la dosis de amor de hoy. Mañana, más.
Y se le ha puesto la piel de gallina.
[align=center]KONIEK[/align]