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Cartas desde mi establo

Con estas pezuñas.

Notapor absurda el Vie Jun 13, 2008 2:08 pm

Yo tampoco lo digo tan a menudo como debería. Es lo que tiene acostumbrarse a que una persona escriba o haga cosas bonitas. Cuando se convierte en habitual parece que no se valora tanto y no es así.

Gracias por todas las cosas que haces, murphy, son preciosas... :muak:
¡¡¡Qué poca vergüenza tiene la valenciana!!
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absurda
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Notapor Milenius el Vie Jun 13, 2008 2:11 pm

Me uno a la felicitación. Enhorabuena.

Y ya de paso te pido una medusa playera. Es para regalar. Gracias.
Stultus qui legit
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Milenius
El abuelo del burro
 
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Notapor malabruja el Vie Jun 13, 2008 9:40 pm

Yo leo en silencio, me deja sin palabras.

Pero siento.
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malabruja
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Notapor murphy el Lun Jun 30, 2008 11:13 am

Nunca está de más releer los poemas desperdigados de Kasher. No sé por qué nunca me he decidido a armarlos de una vez por todas en alguna especie de antología más o menos aceptable. Será quizá que me sigue gustando sorprenderme descubriéndolos una y otra vez en las diferentes revistas que hojeo azarosamente, en los mil y un papel que e cambio de lugar sin una razón aparente, en los falsos diarios donde le reseño constantemente.
Aparece como un delicioso champiñón en este umbrío y secreto bosque donde refugio melancolías, placeres y parsimonia. Champiñones como éste, que nace súbito en el envés de unos bocetos llenos de gatos. Sé que es de E.L. Kasher, pero no soy capaz de recordar de dónde lo copié:


[align=center]Este poema no es mío.
Surgió de la erosión
que ha cultivado la memoria
de mis manos.
Fue, sin duda,
acariciando tus certezas,
fue, lo sé, el tacto robado
en alcobas de luna,
fue simiente de besos.
Todas esas palabras
que edificaron este olvido
inagotable.
Todas las palabras que te definen,
las que definen
tu sexo desplegado.
Este poema viene
de tu piel en éxtasis,
de su estancia en mi piel.
Me hablaste,
me cantaste.
Me mataste, sí.
Pero la muerte
no es una palabra.
La muerte es la muerte
y no cabe en este poema
que nunca ha sido mío
y que ahora te devuelvo.
[/align]

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Notapor murphy el Mar Jul 01, 2008 10:18 am

Oiart Zuna, desperdició una brillante carrera lírica a la búsqueda del poema palindrómico perfecto, persiguiendo imposibles serventesios pangrámicos. No he dejado de visitarle en santa Águeda los días de San León Magno de los últimos quince años, celebrando el día que nos conocimos en una entrega de premios de aquella feliz prehistoria en que culminábamos talleres literarios que iban a salvar las letras nacionales sin remedio...
En la última visita, le cambié una cajetilla de puritos Don Julián del nº 2 por esta hermosa tontería que había escrito en la vuelta de uno de los programas de mano de las obras teatrales que se programan en la capital y que, a petición suya, los pocos amigos que le quedan siempre le llevamos. Los colecciona con fervoroso ahínco:

Desde donde te presiento, siento
esta tristeza que perdura dura
¿Acaso no eres quien perjura jura
sobre este sentimiento? ¿Miento?

Mientras estos versos caliento, aliento
no exhalo y la quemadura, madura
no halla del agua en la frescura, cura,
se muere este amor macilento, lento.

¿Qué fue de aquella admirada mirada?
¿Tienen nuestros corazones razones
para consentir tan minada nada?

¿Qué urde que de desazones sazones
la soledad menos clamada, amada
que, tino cruel, donde dispones pones?


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Notapor murphy el Mar Nov 18, 2008 12:31 pm

Las largas visitas al sanatorio inglés que está en la carretera del valle fraguaron en varias jugosas lecturas. De una de ellas, escrita en uno de los varios idiomas que no me son extraños, llevo semanas realizando una traslación indecente a esta lengua. Es una traducción con tantas licencias que, si no ha destrozado el original, no dudo de que lo ha convertido en otro libro.
Se trata de un ejemplar no muy grueso que atesora una docena de cuentos maravillosos surgidos de la pluma de una escritora que es apenas una niña. Y aunque sus palabras no tienen igual en el prodigioso castellano sé que el espíritu del cuento que les voy a regalar es imposible de traicionar.
Sucede, por otro lado, que las prolongadas ausencias del desván hacen que el miasma de papeles que suelen cubrir la mesa se halle, es lógico como los pies de un castaño a mediados de noviembre, esto es, en un hermoso desorden. Por eso, el cuento les va a ir llegando con tenso y descorazonador cuentagotas porque es un cuento tan hermoso como este desorden y porque sé que les va a encantar y les va a poner la piel de gallina, que es como se titula: «Piel de gallina»

[align=right]Para los enganchados
al amor que no tienen
su dosis diaria...[/align]



-Lo sabes de sobra, Marcus, no te la puedo dar...
-¡Una mísera cerveza más, Birgett!
-Lo siento, Marcus... ¿Siguiente?
El siguiente es una joven muy bien vestida y lleva una botella de vodka en la mano.
- ¿Identificación?
Le ha sacado el carnet con todo el placer del mundo, orgullosa de los 20 años que recién cumple. Por eso mismo ya puede comprar una botella de Absolut y por eso mismo se la calzará esta misma noche: para celebrar que la ha comprado.


Apenas abrir la puerta y ver al hombre ha detectado el olor a sexo en la casa. Tiene un pollo en el horno, girando y girando. Las gotas de aceite humedecen los muslos y el cuello del pollo, enrojeciéndolo paulatinamente, calentándolo.
-Ya le falta poquito, casi está a punto.
En tanto termina de hacerse el pollo, Birgett saca un par de copas de cristal y las llena. Antes de cerrar la tienda ha cogido dos botellas de la balda del fondo, francesas, de ésas que aunque tienen esos nombres tan difíciles de decir pasan por la garganta como si nada.
-¿Por nosotros?
-Por esta velada.


La chica de los 20 años ha salido como un rayo del Systembolaget y Marcus, con los ojos que le cuelgan del ala del sombrero ha seguido a la bolsa verde que esconde la botella de vodka. No acaba de entender cómo una niñata puede comprar una botella de vodka cuando a él le niegan una puta cerveza. Suspira amargamente dejando caer los ojos un poco más abajo, como si le hubieran estirado la cuerda que los sujeta al sombrero. Da la impresión de que cualquier día se le partirá y se le caerá la cuerda que le sujeta la mirada, directamente al suelo, dejando en la acera un charquito azul.
-¡No me mires así! –le ha chillado Birgett, adivinándole el pensamiento-. Yo no te impido beber, Marcus, pero no puedo venderte alcohol. Y lo sabes mejor que yo. Ya has bebido lo de hoy... Mañana, más.
A Marcus no le ha hecho ni pizca de gracia la bronca de la cajera. Ese mañana más es lo que más le ha jodido: su madre también, siendo un crío, empezaba a contarle cuento y cuando se le olvidaba el final, mañana, más..., pero al día siguiente empezaba con otro cuento que no tenía nada que ver con el de la noche anterior y éste también lo dejaba sin final, diciendo, de nuevo, mañana, más.





-¿Te apetece otro poco?
El joven acaba de tragar el último muslo de pollo y le hace que no con la cabeza a Birgett, que ya tiene suficiente. En tanto mastica los cachos de carne no deja de mirarle las tetas. Birgett acaba de notar una gota resbalando cuello abajo y se ha acordado del pollo en el horno por un instante, del que acaban de zamparse. Él deja el hueso limpio, limpio en una esquina del plato y se coloca delante de Birgett. Con la mano va haciendo caer la camiseta escotada y el sujetador negro: deja al descubierto un claro pezón, del color de la pechuga cruda. Con los labios empapados de aceite le chupa y rechupa el pecho desnudo. Le muerde.
Los huesos del pollo están en el plato.


Hundiendo el cuello en los hombros, Marcus saca su largo cuerpo del Systembolaget. Sin embargo, antes de atravesar la puerta, se vuelve.
-Yo también, a la edad de esa mocosa, compraba una botella de vodka cada fin de semana... y todos ésos que están ahí, lo mismo –le larga a Birgett, mirando hacia la parada del bus.
La puerta automática se cierra demasiado rápida tras Marcus, atrapándole una punta de la chamarra. Pero Marcus ni se vuelve para liberar la prenda.. Sin más, ofreciéndole la espalda a la dependienta, permanece quieto hasta que la puerta vuelve a abrirse. Después, empieza a caminar con calma. Para qué demonios encabronarse; antes, muchas veces ya le han tirado de la chamarra después de decir adiós, después de mandarle a tomar por culo, y sabe de sobra que es una chorrada girarse: nadie se arrepiente de decirle adiós a alguien como él, sólo la conciencia viscosa de la gente que le tira de la chupa, con yemas de dedos apiadados.
-¿Nada?
-Ni una puñetera gota –les confiesa al resto.
Acaba de pasar el trigésimo primer autobús del día por la parada y no lo han tomado. Como tampoco cogerán el trigésimo segundo, ni el trigésimo tercero. Ni siquiera el trigésimo cuarto. La parada frente al Systembolaget está repleta de personas que nunca toman el autobús. Marcus es una de ellas.
Suelen ser cinco o seis, alguno más ocasionalmente, y se pasan el día agrupados en la parada. Dentro de lo malo, el Systembolaget se encuentra en la calle principal, en Drodningata, y es es una ventaja, claro, pues esta vía tiene calefacción bajo los adoquines. Allí nunca se amontona la nieve y aunque en el asiento de la parada apenas caben tres personas, el resto puede tranquilamente sentarse por el suelo sin miedo a que se les congele el culo.
Todas las paradas en Karlstad tienen un panel electrónico, donde van apareciendo los destinos y horarios de los autobuses que van a llegar. En ocasiones, se hielan los paneles y da la impresión de que por ahí no va a pasar un autobús en la vida pero no, siempre vienen y siempre lo hacen con increíble puntualidad. Los hay que pasan cada doce minutos, los hay a cada media hora... Y, hay uno, el que se dirige a Väastra Torggatan, que pasa una vez a la hora. Ése es el único autobús que interesa a toda esa cuadrilla que jamás toma el autobús.


[align=right](à suivre...)[/align]
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Notapor murphy el Mar Nov 18, 2008 2:25 pm

Birgett yace sobre la alfombra, el joven le ha vaciado en el ombligo lo poco de vino que le quedaba en la copa. Una lengua tibia le ha bebido el ombligo y Birgett ha notado algo más de vino resbalándole por el muslo, en largos chorros, hasta alcanzar la rodilla. El hombre le ha vertido el vino que ella ha dejado sin beber. Se le escapa un suspirillo.



Las personas que a juicio del gobierno tienen problemas con el alcohol reciben, a primeros de año, un elegante carnet especial, con foto y todo. En la administración, en una oficina de Estocolmo, hay un archivo cuidadosamente redactado con los nombres de los borrachos del estado que es cuidadosamente guardado en su fichero cada tarde, luego de ponerlo al día, por un funcionario. Después de pasarse desde las ocho de la mañana hasta las cuatro de la tarde quitando y poniendo nombres de bebedores a la lista, el funcionario se pega un trago de whisky y se larga a casa a cenar con la mujer.
Marcus, según ese archivo, es un borracho oficial, así como el resto de la banda de tipos que nunca toman el autobús. Todos y cada uno tienen su elegante carnet especial, con foto y todo. Con el carnet de borracho pueden adquirir seis cervezas al día en el Systembolaget. Seis birras de, como mucho, 5’4 grados. No más. Por eso controlan con tanto celo el autobús que se dirige a Väastra Torggatan.
Aparece cada sesenta minutos ese autobús en la parada de delante del Systembolaget y, claro, todos lo esperan ansiosos.. Al llegar, el autobús abre y cierra las puertas: entra una pizca de aire. Luego, se pierde como ha venido, dejando en la parada a cuantos lo esperaban ansiosos. Pero, para cuando empieza apenas a alejarse el de Väastra Torggatan, Marcus y el resto se han colado dentro del Systembolaget y, uno tras otro, van comprando su cerveza de 5’4 grados. Así administran la dosis, en función del autobús amarillo que lleva hasta Väastra Torggatan. El autobús mismo es de color cerveza.
Entre los de la parada, no obstante, hay un tipo, enano y regordete, que prefiere otra línea: la que va hasta el Campus Futurum. El que realiza ese trayecto, en cambio, pasa cada doce minutos y al pobre desgraciado el cupo diario se le agota en un visto y no visto: en apenas una hora. Transcurridos esos primeros sesenta minutos de la mañana se pasa todo el día lamentándose, mendigando traguitos -¡ey, tronco, pásame unas gotillas! ¡Unas gotillas, tío, nada más!-, y sacando de sus casillas a Marcus y al resto.
-¡Eres un jodido enganchado! –le gritan-. Si por ti fuera, te privarías una garimba por cada puto coche que pasa, sin esperar al bus. O por cada bici que pasa, ¡o por cada mosca! Puto alcohólico de los huevos...
El pequeñajo regordete se queda mirando, triste, a las moscas que no hay. Hace mucho que las mató el frío.



Frío no, al contrario, Birgett siente un fuego abrasador. En muslos y cuello, sobre todo. La lengua del muchacho cubre ahora, hacia arriba, el mismo trayecto que antes habían realizado las gotas de vino ingles abajo. Nota la piel ardiendo y tiene la impresión de que la habitación es un enorme horno. Sudor, saliva y vino la cubren aquí y allí, pero sobre todo aquí. Siente al joven cada vez más dentro, más dentro. Se siente llena y nota la cabeza en un torbellino, vuelta y vuelta y vuelta. Frío no, que va, Birgett siente un fuego que la abrasa.



Hay, también otro personaje en la parada. Una mujer albina de piel transparente –da la impresión de que a poco que trague unas gotas de cerveza ésta se le verá por las venas corriendo, dando saltitos-, que guarda las seis cervezas de su ración diaria para, luego, durante el fin de semana, agarrarse unos pedos del nueve. Sujeta el mono fumando cigarrillos sin parar,uno detrás de otro, y, como es lógico, la odian todavía más que al gordo pequeñajo. La mujer translúcida permanece con la cabeza muy alta en la parada, como si fuese cada día a tomar un autobús que la llevara a París, y como si en París la estuviese esperando un actor famoso, con brillantísimos zapatos, que la llevara a la ópera. Pero la mujer de vidrio no coge nunca ningún autobús y permanece, sentada o de pie, enhiesta, en la parada, ocupándose de recordarles a los demás la medida de su dependencia:
-¡Ay, miserables! ¿Lo que es ser alcohólico, eh? Todo el puto día esperando una mierda de autobús, esperando a ver cuando trae el amo el papeo, como el perro que se la pasa babeando y babeando. Si fuéseis capaces de controlar como yo...
Así están en la parada del autobús, desde las nueve de la mañana hasta las seis de la tarde. Pues a las seis en punto sale Birgett del Systembolaget y comienza a bajar la persiana automática. Todos los de la parada se quedan cada tarde viendo caer el trozo de hierro, en silencio, como aquél que espera la guillotina. La cajera les hace un gesto con la cabeza, despidiéndolos. Ninguno aparta el pescuezo de la guillotina.



-Ha estado genial –dice el joven, apartando su cuerpo del de Birgett.
Birgett le sonríe desde encima de la alfombra, como confirmándolo. El pelo rubio se le mezcla, desparramado, con los arabescos de la alfombra. Le encantaría abrazar al tipo ve ahí arriba, de pie, pero siente su cuerpo cada vez más lejos. Le diría que se quedara a dormir, pero sigue tirada en el suelo, desnuda a la altura de los tobillos del muchacho, en otro plano. Él retira los platos de la mesa. La salsa del pollo está ya pegada, como una lapa, a la cerámica; es algo similar al sudor que se va secando sobre su cuerpo.
El joven se agacha y le planta un beso en la frente.
-Hasta la próxima.
El portazo hace que Birgett cierre los ojos por un segundo. Tiene unas horribles ganas de llorar allí, sentada en el suelo, desnuda, pero se levanta y, acto seguido, se lía a fregar los platos, sin vestirse ni nada. Una vez seca, es difícil quitar la grasa del pollo. Frota con saña los platos y frota con saña, luego, en la ducha, muslos y cuello.
Cuando ha cerrado con rabia la mampara de la ducha a Birgett le ha dado la impresión, una vez más, de ser una guillotina y, apenas ha sentido las primeras gotas empapándole el cabello, se ha acordado de los borrachos que están delante de la tienda todo el día. Este mes es el cuarto tipo se le marcha dejando los huesos de pollo en el plato. Cuatro pares de botellas de vino, cuatro pollos sudando en el horno, cuatro veces desparramando el pelo entre los arabescos de la alfombra y cuatro veces aguantándose el llanto a duras penas. Piensa que a ella también deberían darle un elegante carnet, con foto y todo. Aunque no sabe a ciencia cierta qué autobús deja sin coger.
Un beso en los labios, dos palabras lindas, una caricia que empiece en el cuello y muera en la cintura. Ésa sería su dosis, y mañana más. Se imagina a Marcus, el borrachín más alto, diciéndole: lo siento, no puedo darte más, has recibido la dosis de amor de hoy. Mañana, más.
Y se le ha puesto la piel de gallina.


[align=center]KONIEK[/align]
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Notapor Majadera el Mar Nov 18, 2008 6:14 pm

Mañana, más? :ole:
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Notapor murphy el Mar Nov 18, 2008 11:37 pm

Majadera escribió:Mañana, más? :ole:


No sé si habrá más, jefa... pero ¡glub! ese cuento se ha acabado ahí... :(
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Notapor Majadera el Mié Nov 19, 2008 7:46 am

Otro. Más, más. :)
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Notapor murphy el Jue Dic 18, 2008 3:51 pm

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Notapor murphy el Mar Mar 31, 2009 2:04 pm

El mar se había quedado detrás de un biombo de brumas. Me pusiste un vaso con hielo flotando en una delicia ocre. Me pusiste dos dedos en la nuca. Tu pecho se había quedado detrás un leve algodón. Me diste otro dedo. Te leí el mismo verso que te escribo siempre que el mar se queda detrás de los biombos de algodón, el que te susurro cuando tu pecho llega detrás de leves brumas.
[align=center]«Tengo besos que mueren como cachorros de nube,
que se confunden como garabatos de niño chico,
besos que se descargan en los trigales de más allá del brezal,
de más acá de las colinas del heno,
besos como saltamontes bizcos,
como canción en el agua...»
[/align]
Las plumas de la voz te desnudaron. Me entregaste un lápiz para que te metiera en un papel. Tu cuarto dedo decía que no me callara nunca.
[align=center]«... tengo besos que azogan charcas en la primavera,
que perfuman juncos salvajes con aire de ababoles,
besos topacio en los ojos,
besos siesta de gato, besos onda de río,
besos granada acuchillada.
Y tengo un beso que pasea tu nombre en una cometa china
que revienta en confetti para que la vida te sepa a tahona
y a aldea que despierta,
que explota para que me ruegues, sin más demora,
que te pinte todos estos besos que te cuento
y que, si no, morirán como cachorros de nube...»
[/align]Todos los dedos se llenaron de cuartillas. Todas las tintas se llenaron de piel.
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Notapor Majadera el Mar Mar 31, 2009 3:16 pm

Todas las pieles se llenaron de palabras. :muak:
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