Las Elecciones Autonómicas acaecidas este fin de semana en Galicia y País Vasco han servido, entre otras cosas, para constatar dos de los elementos más representativos de la actualidad política del Estado Español : el estancamiento de una transición política que aún está por llegar, y la conformación de un marco político cada vez más concentrado. Los resultados, más allá de dar lugar a interpretaciones muy diferentes, confirman que España sigue sin encontrar alternativas que convenzan a la ciudadanía, y que la sensación de avanzar en círculo es cada vez más evidente.
GALICIA
Galicia, respetando una tradición eminentemente conservadora, ha sido recuperada por el Partido Popular en lo que podríamos entender como un acto de normalidad. Es razonable pensar que la comunidad gallega haya sido el primer feudo donde el PSOE ha sido castigado por su gestión de la crisis económica, pero el criterio del votante gallego hace pensar más en el regreso a los orígenes que en una vuelta de tuerca. Touriño ha desaprovechado sus cuatro años de gobierno para ganarse a los suyos, dejando aroma de político menor, con poco empaque, escaso carisma y claro perfil de temporero. Es previsible que su dimisión conlleve un replanteamiento del difícil papel que le espera al PSOE en tierras gallegas, pero también es cierto que Feijoo, pese a su holgada victoria, no tiene el inagotable crédito que poseía Fraga ante la ciudadanía.
Galicia, además de confirmar la consistencia de un PP que parece remontar el vuelo, se presenta como un interesantísimo marco para medir la esencia del partido que parece querer reconstruir Rajoy, así como su interacción real con el Gobierno de Zapatero. Galicia puede ser distinta a Madrid o Valencia en cuanto a que el gobierno va a ser ejercido por políticos de nuevo cuño, respaldados abiertamente por Rajoy, y posteriores al neoconservadurismo de Aznar.
PAÍS VASCO
En lo que respecta al País Vasco, el panorama se presenta lleno de incertidumbre. En este caso en particular, sería interesante razonar sobre la interpretación que se deba dar a los resultados. Hoy leemos unas declaraciones de Pepe Blanco, en las que afirma que el PSE puede gobernar en minoría. Si consideramos que el Partido Socialista ha sido el segundo partido más votado, con un 30% de los votos, permitidme que considere estas declaraciones como extremadamente arrogantes. No creo que el resultado electoral legitime al PSE para gobernar sin el apoyo de otro partido.
He hablado de interpretación del voto, y quiero aclarar este punto antes de seguir. Una de las preguntas que debe hacer el PSE es qué esperan sus votantes. A diferencia de las Elecciones Generales, donde parte del nacionalismo le insufla votos para bloquear el gobierno del PP, el voto que pueda recibir el PSE en el País Vasco llega, aparte de la izquierda no nacionalista, desde gente que cree en el PSE como partido visagra. Pactar con el PNV implicaría apostar por el aislamiento del PP, pero vista la repercusión que podría tener tal decisión en el resto de España, y contando con las ambiciones soberanistas de Ibarretxe, es bastante difícil creer en esta solución de gobierno. Más factible parece un pacto absolutamente imposible en otras áreas de España, y que conformaría una coalición entre dos sensibilidades tan distintas como PSE y PP. El éxito de una coalición no nacionalista podría marcar un antes y un después en la manera de hacer política en España, pero no podemos olvidar los riesgos de aislar del gobierno a un nacionalismo que ha sumado cerca de la mitad de los votos, y cuyo representante más radical sigue condicionando la realidad del País Vasco. ETA, a pesar de su hecatombe política, es un enfermo que, lejos de acariciar la muerte, tose con fuerza desde la sala de un hospital para recordar que sigue ahí. Sería un error olvidarlo.
Planteadas las variables, es papel del PSE interpretar el voto, puesto que parece claro que la pelota está en su tejado. El PSE debe preguntarse si el resultado electoral es una victoria del no nacionalismo, o si cabe otra interpretación. Arrogante me parece, no obstante, creerse legitimado para gobernar en solitario. También es tiempo de preguntas para un PNV que parece condenado a suavizar posturas. De las respuestas, deberían salir las conclusiones que determinen un gobierno que, como lamentablemente sabemos, deberá lidiar con una realidad mucho más perversa que las que vivimos en el resto de España.

