malabruja escribió:Tuvimos un familiar muy próximo hospitalizado durante tres largos meses. Por las mañanas me solía quedar yo acompañándole, por las tardes se quedaba mi hermano, y por las noches se quedaba mi madre.
Las mañanas y las tardes no se pasaban demasiado mal, entre visitas médicas , viajecitos a por café, largas conversaciones con el enfermo y tomas de constantes vitales.
Las noches eran otra historia. Las horas pasaban lentamente, y al ser un hospital público, las comodidades eran escasas, más bien nulas. Mi madre tenía que pasar la noche en silencio y penumbra, con la sola compañía de algún libro, una revista, o esporádicamente la visita de algún miembro del personal sanitario para controlar la situación. Todo esto sentada, a veces un poco reclinada, en un sillón pensado más bien para una visita ocasional que para una pernoctación prolongada.
Una de las noches, entumecida por la posición, se levantó y se puso a mirar por la ventana, para matar el aburrimiento y estirar las piernas.
Estaba en la tercera planta de un hospital con dos edificios casi idénticos y paralelos, comunicados por dos pasillos que están ambos en la primera planta. Desde la habitación en la que estamos, se ven las habitaciones enfrentadas del edificio hermano.
Se queda mirando distraídamente, habitación tras habitación, luces encendidas en algunas, apagadas en otras, flores, goteros… le llama la atención la primera planta, en penumbras toda ella, ninguna habitación que destaque de las demás, como si de un largo pasillo independiente se tratara.
Ve un grupo de personas en uno de los extremos del pasillo, juntas. De repente una sale corriendo pasillo arriba seguida por otra justo detrás de la primera. Se quedan en el otro extremo del pasillo quietos. Una vez han llegado al otro extremo, otras dos personas del grupo las imitan a gran velocidad y llegan donde se encuentran las anteriores , les siguen el resto, con el mismo ritual en grupos de dos , tres y hasta cuatro personas corriendo por el pasillo a bastante velocidad. Cuando se ha juntado todo el grupo en el otro extremo, repiten la misma operación, pero empezando desde el otro lado del pasillo.
Se cansa de verlos y se vuelve a sentar. Al día siguiente, se repite el mismo acontecimiento. Ya cogió la costumbre de asomarse sobre las 3 de la madrugada a intentar descubrir qué es lo que hacían estas personas.
Una de las noches, volvió a hacer lo que tenía ya por habitual, mirarlas, y se da cuenta de que no tienen pies, o ella no los puede ver de ninguna de las maneras. En realidad sólo ve sombras, no distingue si son hombres o mujeres, y a ninguno se le ven los pies. Este dato unido a la velocidad con la que se desplazan, le hace pensar que van en silla de ruedas.
Cuando ya llevaba un par de semanas con la rutina trasnochadora, se presenta la enfermera, Pilar, que por cierto se casaba en unas semanas, y mi madre le pregunta qué es lo que están haciendo aquellas personas. La enfermera se asoma y mira. Mi madre ve como palidece, y se queda atónita mientras mi madre le cuenta la historia de lo que sucede cada noche.
Ella no dice nada, sale y vuelve al cabo del rato con el médico de guardia, un nefrólogo que según las malas lenguas, me hacía ojitos. Los tres contemplan a las personas veloces sin pies, en silla de ruedas, hablan entre ellos y el médico sale de la habitación.
Pilar le cuenta a mi madre, que allí no puede haber nadie, que es el pasillo de la UCI, y ese lado no es el de las visitas, si no el del personal sanitario, y que el médico ha ido a mirar a ver a qué están jugando los residentes.
Al rato se encienden todas las luces del pasillo y la actividad cesa por completo, el médico les hace señales desde el pasillo de la UCI con la mano, responden al saludo y esperan a que regrese.
Vuelve el médico y dice que allí no había absolutamente nadie, que serían las sombras de los árboles o el reflejo de actividad en el edificio donde ellos se encontraban , cosa rara, porque se correspondía con las consultas externas y por la noche, por supuesto, no están abiertas. Mi madre pensó que el médico le estaba contando una milonga que ni él mismo se creía.
Cuando se marchó el médico, Pilar le cuenta a mi madre, que no son las primeras personas que ven algo así en el mismo lugar. Que es una leyenda que corre por todo el hospital, y que todo el personal está al corriente de ella. Allí hay fantasmas.
Nadie lo comenta ni lo quiere creer, pero todo el mundo lo sabe y no todos lo pueden ver. Ella no los pudo volver a ver más, por muchas noches que volvió a asomarse a la ventana.
Aquella noche lo vieron tres personas, de mi total confianza las tres.
¿Existen los fantasmas?
El hospital
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