por malabruja el Vie Nov 14, 2008 2:16 pm
El mejor amigo
El hombre estaba muy excitado. Tenía uno de aquellos temperamentos que intentan dominarse, pero que no hay manera, porque la presión interior lo hacía vibrátil como una campana matutina.
-Yo no sueño ni padezco alucinaciones - decía-. Veo una cosa y me la creo si la puedo tocar. Si no, la pongo en cuarentena.
- Pero usted me está diciendo que se topó con…
- Ya lo creo ! Apareció y casi acabo en el suelo. Yo caminaba medio agachado, hurgando con el bastón los sitios donde podía encontrar setas. Hay quien dice que los buscadores de setas somos cerebrales, imaginativos. Yo digo que hay de todo…En mi caso puedo asegurarle que nunca he estirado más el brazo que la manga. De repente, me encontré con algo, y suerte que llevaba el bastón, porque de otra forma habría acabado a gatas. Levanto los ojos y me encuentro con aquel tipo, erguido, rígido, inmóvil como un armario ropero. Iba vestido de aviador de grandes altitudes, con aquella especie de traje brillante, plateado. “uno que se le ha ido la cabeza” pensé en un principio.
- ¿Y qué es lo que le sorprendió?
- Poca cosa: no tenía cara. Dentro del casco, visto a través de la ventanita traslúcida, sólo un vacío total, iluminada con una luz fosforescente. La luz latía, y a cada latido, toda la figura crecía, al estilo de los jilgueros cuando ahuecan las alas. Me escamó, la verdad. Suerte que uno piensa que para pelear siempre se está a tiempo. Si no, le habría dado un bastonazo irreparable. Yo (tengo que decirlo) pego fuerte.
- Pero si él no le molestó…
-No y sí. No diré que me daba miedo, pero tampoco me complacía. De repente el me dijo “buenos días tenga usted” y le contesté “Salud haya”. Me quedé helado, puede que fuera por el tono metálico de su voz, puede ser porque me habló en un catalán de curiosa resonancia, quien sabe si con acento de Tortosa.
-¿ Y eso qué tenía de extraño?
- ¡Usted mismo! ¿Ha visto alguna vez un catalán equipado como un tripulante de cohetes? A nosotros no nos da por esas cosas…Confundido, me senté en una piedra, y él me imitó sentándose en el suelo, tranquilo y descuidado. Cediendo a una inspiración momentánea, le pregunté: “Por casualidad ¿no será usted extraterrestre?” Y el me respondió que sí, tan tranquilo, y además quiso saber si yo tenía alguna objeción al respecto. “Hombre, no – le respondí-, soy demócrata y de trato sociable”
-¿Y la cara? ¿Ya le había aparecido?
- ¡Ni por asomo! Continuaba con el centelleo de su fosforescencia. Para tentarle le ofrecí un cigarro y me dijo que no fumaba…
-¿Cómo quiere que fume, con el casco puesto y sin boca, según dice?
- Precisamente para ver cómo lo hacía. La voz le salía de una rejilla colocada en al parte frontal del casco, y yo, a falta de ojos delante de mí para hilvanar una conversación, clavaba la mirada allí.
- ¿No le preguntó dónde había aprendido el catalán?
- Sí, y me dijo que no sabía ni palabra. Me explicó que llevaba un artilugio que traducía sus pensamientos y los ampliaba de una manera sonora, fuese cual fuese el idioma de su interlocutor. A la inversa, el aparato recogía las palabras del otro y las servía a su entendimiento claras y limpias. “¿Todo automático?” , le pregunté. “Todo”, respondió. Alargué la mano con ganas de felicitarlo (todavía no sé cómo se me ocurrió esta audacia), pero el no respondió. Fue una situación incómoda, que por un momento enfrió el diálogo. ¡Soy tan sensible a esos detalles!
- Les deben educar de otra manera…
-Esa es la reflexión que me hice, y , para romper el hielo, elogié el aparato lingüístico. “Es sumamente práctico. Os cansareis de venderlo. Aquí tendrían un gran mercado.” Él no mostró ningún interés y me aseguró que sus visitas obedecían a otros objetivos.
-Buen punto para tratar. ¿No le preguntó qué buscan en la Tierra?
- Lo tenía en la punta de la lengua, pero me pareció que había que esperar un poco con tal de guardar las formas. Estábamos en lo mejor de la mañana, en una hora tranquila, con el paisaje perfilado y embellecido por el sol. Yo miraba al forastero y el no sé qué hacía, ya que sin fisonomía es difícil adivinar los sentimientos de los demás. Nos callamos durante un rato, y , al final, empecé de nuevo: “Ahora que estamos más distendidos, ¿me podría decir dónde tiene la cara?” “No tengo – me contestó-. No tengo ninguna de las cosas que a ustedes les sirven para componer la figura.”
- ¿Y entonces? ¿Con qué llenaba el uniforme?
- ¡Clavado! Le hice esta misma observación. Me respondió que todo era artificial, una manera aproximada de adquirir apariencia humana, para no despertar demasiada curiosidad. ¡Y se quedó tan pancho!
- Es inquietante eso…
- Si, y de repente tuve una inquietud. “ ¿No me transmitirá algunas radiaciones? Soy padre de familia y muy bien considerado en la casa donde trabajo.” El se rió, mala cosa, se ve que este tema no lo han resuelto. Me dijo que no sufriera, que no me pasaría nada. Entonces con más confianza, le hice la pregunta básica: “¿Y cómo es que no se deciden a bajar del todo? Mucho revolotear, muchas lucecitas, pero de aterrizajes pocos y siempre de puntillas. ¿Qué les pasa?
- ¡Eso le debió molestar!
- No tanto como parece. “Yo bien que he bajado –exclamó-. Y al decir “yo” utilizo un término relativo. No saben cuantos somos dentro de esta funda, y, sobretodo, no saben cuantos somos fuera de ella.”
- ¡Hey! Eso me habría alterado.
- Y a mi también. Tuve la sensación de que me rodeaban, Y él lo notó. “¡Quieto, quieto! – gritó. Y añadió: es una manera de decirlo, comparaciones desesperadas. Es como el concepto de bajar, que depende de dónde estés subido o del lugar que vengas. Por ejemplo, a usted no le pasará por la cabeza bajar de una atracción en marcha, como la vagoneta de una montaña rusa…”
- ¿Una atracción? ¡Qué punto de vista más excitante! ¡Estaría bueno que se tratase de una feria cósmica!
- Sí, ¿verdad? –A tanto la vuelta interplanetaria… Pero a mi me daría la impresión de un engaño, estoy seguro de que la cosa tiene que tener más envergadura. Llevé la conversación hacia los alienígenas, y me replicó que los americanos (y un poco nosotros) lo vemos todo a través de la lucha y la invasión. En resumen: que somos unos subnormales malcriados y peleones. Añadió que el nombre de alienígenas no les va bien y que sería más adecuado calificarlos de sexóforos. “¡Y eso!- le dije. ¡Qué nombre más desorientador! ¿Por qué, sexóforos?” El se irritó. “¡Por qué, por qué! – dijo - ¡Siempre están igual! Apúntalo y calla! Me tuteó por primera y última vez, licencia de poca entidad si se tiene en cuenta la situación. En aquel momento, se le posó un tábano en la rejilla y empezó a manotear para esquivarlo. Le dije que no le haría nada, debido al grueso del casco y por falta de carne donde picar. Me respondió que nosotros éramos una pandilla de brutos y que teníamos toda la geografía hecha un corral.
- Así que poco a poco, se iba descarando…
- Se ve que sí. Entonces oímos un tiro y al cabo de un instante se presentó un campesino con una escopeta de dos cañones bajo el brazo. Llevaba un par de perdices colgando y le seguía un perro pequeño y pirado, que era un manojo de nervios. El campesino, al ver aquella figura, se quedó de piedra. Pero disimuló, y me pidió fuego mirando de reojo a mi (digamos) compañero. El perro empezó a ladrar y a saltar alrededor del sexóforo, el cual se levantó y empezó a retroceder poco a poco, mientras decía con una voz amable; “quieto perrito bonito… Quien es la fiera de la casa ? ” Pero al final perdió la compostura y nos dijo que si no nos llevábamos a aquella bestia lejos de allí la destrozaría a patadas. Me pareció que temblaba, pero puede ser que fueran las contracciones y las dilataciones de su sistema interno. El campesino dijo que nos guardaríamos mucho de maltratarle al perro, y estoy convencido que ya estaba imaginando la perdigonada vengadora. ¡Lo que hace la inconsciencia! Le pedí que sujetara al animal y que lo tuviera a parte, que al acabar ya le contaría todo y le daría una propina.
- ¿Y el sexóforo?
Dijo que se le hacía tarde y que nos tenía que dejar, con gran añoranza por su parte. Se oía un silbido extraño, y en un encinar de la derecha brilló un resplandor muy intenso. Me pareció que todo relucía y la hierba se inclinó peinada por un viento cálido. “Le acompañaré un trozo”, le dije al visitante, “Un trozo nada más”, me contestó. Cada poco se giraba para ver si el campesino sujetaba al perro.
-¿Ver con qué? ¿No dice que no tenía ojos?
-Se deben apañar con otras piezas. Le aseguro que no se perdía detalle. Por el camino, le pedí que si querría hacer el favor de grabarme un jeroglífico en la cantimplora, y se excusó diciendo que no tenía tiempo, que ya volvería otro día. Se detuvo. “¿Un qué ha dicho?” “Un jeroglífico” –le repetí-. “Como recuerdo , para que me crean. Ya hay precedentes…” Se echó a reir (sólo el sonido, ya se entiende), y me dijo que somos una pandilla de pirados.
- ¿Así mismo, con una expresión tan típica?
-Tal como se lo cuento. Retomó la marcha, y yo estaba nervioso pensando que se iría sin dejarme ninguna prenda. “¡Si al menos me comunicara un mensaje!”, volví a suplicarle. Se paró de nuevo, y me dio la impresión de que reflexionaba. “De acuerdo –dijo-, os dejaré uno: ¡tener cuidado con la demografía! Dejaos de ortodoxias y de florituras morales. Ahora estáis preocupados por la falta de valores y os preocupa la búsqueda de vivienda. ¡No tenéis ni idea de lo que es buscar planeta!”. A mí, eso de la demografía me evocó fatalmente el trastorno de la reproducción. Sin razonar, sin pensarlo mucho le pregunté: “ Y vosotros ¿cómo os reproducís?” “¡Como las calcomanías!”, me respondió. Pero me pareció que era para concluir, porque seguidamente me ordenó que me parase y emprendió una carrera hacia el bosque de encinas. Antes de desaparecer entre la vegetación me hizo un gesto que debió ser un adiós y, casi enseguida, los árboles se estremecieron, la tierra tembló y un objeto volador se elevó majestuosamente con la ostentación de siempre: luces de colores y un zumbido especial. Se paró a unos doscientos metros de altitud, osciló como si se columpiara y salió disparado como una flecha dirección Manresa.
-¿Y no pasó nada más?
-Hombre, ¡ya está bien! Le di quince pesetas al campesino y no las quiso, ni admitió explicaciones. Estaba enfadado, porqué decía que con tantas idas y venidas le espantaban la caza. Añadió que el último año, unos forasteros como aquel le habían quemado la era y que no encontraba bien que la gente como yo les diéramos conversación. Eso es todo: póngale la fecha y listos.
-Pero ¿quiere que en el atestado figure su nombre y su dirección? No se lo aconsejo… En virtud de mi cargo, sé que esto le reportará molestias. Al fin de al cabo, su testimonio no aporta nada nuevo a los casos registrados hasta ahora…
-¿Que no? ¡ Que poca vista! Se puede decir que hemos hecho un descubrimiento sensacional. ¿De verdad que no se da cuenta!
-¿Se refiere quizá al aparato traductor?
-No, y eso que lo valoro. Se trata de algo más importante: ahora sé que los perros les asustan. ¡Estoy convencido de que esta es la causa de que no bajen más a menudo!
-Es una teoría interesante. Ahora que lo dice, caigo en la cuenta ¡Y no los critico! Tampoco son de mi agrado. Bien, usted mismo: firme aquí , ponga la póliza correspondiente y ya veremos qué pasa.
Defender la alegría como una trinchera
defenderla del escándalo y la rutina
de la miseria y los miserables
de las ausencias transitorias
y las definitivas