El 16 de abril de 2005, a las 03:56 de la madrugada, un terremoto de grado 4 según la escala Richter afecto a varias poblaciones de un area de 150 kms. La ciudad de Malaga se vio afectada, aunque la baja intensidad del seísmo no causo daños perceptibles ni significativos. De hecho, el fenomeno paso desapercibido para la mayor parte de la población.
Aquel dia mi tia Marta salió del gimnasio bastante enfadada. Ella no solia hablar mucho de sus cosas asi en publico, pero recuerdo que apareció en casa dando portazos y parloteando su indignación a voz en grito.
Mi madre la escuchaba con paciencia en la cocina mientras preparaba la comida, y yo que, pese a mi pocos años, ya tenia edad para entender lo que los adultos se decían cuando hablaban entre susurros misteriosos, pegue el oído todo cuanto pude y me entere de que lo que le fastidiaba a tia Marta era que en el grupo de amigas del gimnasio se había colado desde hacia unas semanas una tal Matilde.
Y resulta que tia Marta no soportaba a la tal Matilde. Decia que era una arpia, una prepotente, una cotilla y muchas otras lindezas que daban a entender lo mal que le caia. Pero la gota que había desbordado el vaso era que Matilde, algo mas joven que el resto y de mejores hechuras, como reconocia entre dientes tia Marta, se pavoneaba ante las demás de sus continuas conquistas sexuales. El momento de la sauna, antes espacio de relax y silencio, se había convertido en un corrillo centrado en Matilde, quien, envuelta en su toalla, hablaba a las otras, con pelos y señales, de los aspectos mas intimos y sordidos de sus relaciones con los hombres sin dejar nunca atrás detalle alguno por escabroso que este fuera.
Pero aquella tarde Matilde había ido mas lejos de lo habitual sacando a la palestra procelosamente el asunto del orgasmo. Y lo había hecho con toda la maldad imaginable, según tia Marta. No solo alardeaba de tenerlos habitualmente y en sobrada abundancia y repeticion sino que incluso se había atrevido a retar a sus amigas en términos odiosamente comparativos. Y, claro, mi tia en ese terreno llevaba la peor parte, como en seguida se puso de manifiesto, convirtiéndose en el objetivo de las bromas y chanzas del grupo.
Realmente tia Marta no era muy agraciada. Tampoco ayudaba nada su carácter melindroso y excesivamente afectado y vulnerable. No era la fortaleza de animo y de carácter uno de los rasgos de su personalidad. Todo aquello la había conducido irremisiblemente a una vida de obligado celibato salpicada por algunos sonoros fracasos cuyo estrepito habían forjado en ella un carácter solitario y melancolico. Asi con todo era mi tia favorita y yo la quería con la ternura que produce siempre un familiar menoscabado por la naturaleza.
Pero aquella tarde tia Marta estaba fuera de si, cargada de odio y sed de venganza. Su orgullo había sido herido. Asi que con una resolución que ni siquiera ella reconocia como propia se armo de valor y se cito con Rogelio. Pobre Rogelio. El amigo que siempre acudia a sus llamadas aun sabiendo que estas solo se producían en los peores momentos, cuando la aflicción desbordaba a mi tia y esta necesitaba de la presencia de una oreja con forma de amigo. Todos sabíamos en casa que Rogelio estaba enamorado, por alguna razón, de tia Marta, aunque esta jamás le correspondió en tal sentido. Mas bien lo trataba con cierto desdeño, siempre reprobándole su forma de ser, vestir e incluso existir. Pero la relación aguantaba el paso de los años, sin duda impulsada por la veneración que Rogelio tenia por ella.
Siguiendo un plan dictado por la ira, pero morbosamente meticuloso, tia Marta llevo a Rogelio a cenar a un caro restaurante y luego lo subió a su piso de soltera donde improviso algunas tiernas musicas que pudo encontrar entre sus discos antiguos y destapo una botella de Brugal que se había hecho añeja en un rincón de la casa a la par de los libros, los muebles y las ilusiones de mi tia. Todo aquel despliegue de ambientación iba orientado a un solo fin: meter en la cama al bueno de Rogelio y procurar de el la experiencia orgásmica tan envidiada como ignota e improbable.
El hombre se vio apabullado y sin comerlo ni beberlo, bueno, después de comer y de beber copiosamente, mejor dicho, se encontró tumbado en el dormitorio de tia Marta mientras esta, tras despojarse de sus ropas en un ritual ridículo que trataba de emular a la mas erotica de las odaliscas, cabalgaba sobre el propagando el aire con sonoros gemidos que mas que ayudarle a auparse en pos del placer le provocaban una sensación de bochorno y amilanamiento. En aquella postura, sin haberse desprovisto de sus gafas ni de sus calcetines, Rogelio trataba de adivinar que había ocurrido para llegar a aquel punto que tanto había soñado y que tan imposible siempre había adivinado. Convencido de que aquella ocasión no iba a repetirse a menudo se concentro en la tarea y trato de poner toda la carne en el asador. Pero aquello no era decir mucho, en realidad. Asi, tras pasar lo que le pareció una eternidad entre gimoteos, baibenes, empellones y torpes zarandeos, la fatiga empezó a adueñarse de ambos cuerpos.
Y justo en el momento en que ambos estaban por batirse en retirada, convencidos de que aquello no funcionaba ni funcionaria jamás, el suelo empezó a moverse, los cristales de las ventanas a traquetear como si fueran a saltar en mil pedazos, la lámpara del techo iba y venia cual botafumeiro impío e, incluso, algún libro se desplazo de su sitio en la estantería y vino a caer sobre ellos al punto en que ambos, asombrados y creyendo reconocer la llegada del momento mágico, se abandonaron al extasis con un mutuo y sincronizado alarido final grandioso.
Todo eso ocurrió aquel 16 de abril a las 03:56 de aquella mágica madrugada para felicidad y orgullo de mi tia Marta.




