por Majadera el Jue Jun 11, 2009 1:55 pm
Rebuscando entre las cosas que escribía mi tío Alonso, he encontrado un poemilla.
" HISTORIAS DEL ABUELO "
[font=Lucida Console]Abuelo, cuéntame historias,
historias de aquellos tiempos,
las que solías contarme
cuando yo era más pequeño.
El abuelo pensativo
rebusca entre los recuerdos.
(¡Cómo se pasa la vida,
fugaz, un soplo, un momento!).
-¡Aquellas historias!, ¿dices?.
¡Cuántas se ha llevado el viento,
y otras muchas se han perdido
en la maraña del tiempo!.
-Cuéntame lo del burrito,
aquel que era tan travieso,
pizpireto y presumido
que se llamaba Lucero.
-Perecía una pavesa
deslizándose en el viento,
siempre las orejas tiesas;
sin par en los de su género.
Era, cual toro de lidia,
chispeante, noble y fiero,
muy suave con los de casa,
con los de fuera un veneno.
Mi juguete preferido,
astuto como un conejo,
recio como el pedernal
y dúctil como Platero.
Él me llevaba de caza
y, cual potro postinero,
las llaves con él corrí,
en la plaza de este pueblo.
También el día de cintas,
entre corceles soberbios,
una y otra vez pasó
hasta coger la del Premio.
Me dolió su fin absurdo.
Murió un día de febrero
víctima de la osadía
de un veterinario inepto.
-¿Y lo bien que lo pasabas,
sin asistir al colegio,
jugando con tus amigos
en la matanza del cerdo?.
-"Cuando se mata el marrano,
o se muere la abuela,
no se va a la escuela",
rezaba el dicho mundano.
Se celebraba a lo grande
el fausto acontecimiento
en todas aquellas casas
que podían matar cerdo.
Tíos, amigos y primos
acudían al festejo
para comer en compaña
y beber del vino nuevo.
Comíamos las patetas,
buchón cocido al puchero,
la chanfaina, las orejas
y "coscarón" collarejo.
Y con la vejiga hacíamos,
entre grandes y pequeños,
una ruidosa zambomba
con la caña de centeno.
Todo el año se cuidaba
el cochino con esmero,
para que no nos faltara
el choricillo al puchero.
El cerdo y los garbancillos,
base de nuestro alimento,
y el pan de candeal cocido
con manojos de sarmientos.
Pero había muchos pobres,
muchos, mi querido nieto,
que no tenían garbanzos
ni pan, ni vino, ni cerdo.
-Cuéntame lo de la guerra,
-inquiere curioso el nieto-,
aquella guerra de España
que sacudió al mundo entero.
El abuelo respingando
echa una firma al brasero.
No le agrada recordar
aquel pasaje tan negro.
Se arrellana en el escaño
mirando fijo al humero.
En el fuego del hogar
borbotean los pucheros.
-La infancia mía fue dura
-comienza al fin el abuelo-
por culpa de aquella guerra
que truncó todos mis sueños.
Yo sólo tenía once años
era como tú, un polluelo.
Ni de noche ni de día
había paz ni sosiego.
Abundaron, por desgracia,
los personajes siniestros,
llenando muchos hogares
de lágrimas, sangre y miedo.
La miseria y la desgracia
se adueñó de muchos huérfanos
que perdieron a su padres
en aquel río revuelto.
¡El terror lo impregnó todo!.
Y ante tanto desafuero
nadie pareció enterarse.
¡Hasta Dios guardó silencio!.
Cadáveres insepultos
de aquel vendaval horrendo
fueron la amarga agonía
de la distancia y el tiempo.
La humanidad perdió el norte.
Cundió el envilecimiento.
Pues si las guerras son malas,
entre hermanos, un infierno.
Fue un aborto del abismo,
un salvaje desenfreno,
vorágine desatada
de enfermizos sentimientos.
La justicia verdadera
defiéndela con denuedo
para que no se repitan,
jamás, hechos tan funestos.
Se me enredan en el alma
estos amargos recuerdos
que bien quisiera borrarlos
pero es inútil, no puedo.
El nieto muy sorprendido
mira en silencio al abuelo
que se ha quedado enhebrando,
sabe Dios, que pensamientos.
A mis nietos
Navidad 2002[/font]
La Administración tiene errores pero nunca se equivoca.