por murphy el Vie Oct 10, 2008 11:58 am
Bueno, pues, vamos a por el final de marras. Gracias por lerrlo, amigos. Besitos.
17. EL BROCHE
[align=justify][font=Lucida Console]El día había amanecido luminoso. Apenas había el leve rastro de algunas nubes borradas por el aire de la noche. Había ambiente de fiesta. Los niños estrenaban sus nuevos juguetes y las madres y los padres lucían la ropa de estreno desembalada en la mañana. Unos y otros se contaban los regalos, las familias se habían juntado con ese júbilo simulado habitual del 6 de enero.
Después de comer en el restaurante del pequeño barrio pesquero y tomar una copa de licor de hierbas casero en la terraza cubierta, Oian se dirigió al acantilado a matar la tarde con un libro. Por el camino pensaba en toda esa gente que celebra la fiesta que es el remate de las Navidades. Para él, se decía, las de este año no habían sido mejores que las últimas que pasó en la cárcel. Al menos entonces tuvo ocasión de brindar con el loco Tárrega por una libertad que no andaba muy lejos.
Llegó sin dificultad al rellano donde durante el último mes solía pasar las tardes sumido en la nada. Abrió el libro y sacó la carta que había recibido el día anterior. Las gaviotas graznaban con fuerza, quizá animadas por el tibio sol que aún se esforzaba en hacer agradable la hora.
Releyó las pocas líneas que había escritas. Pensó que no había recibido ningún regalo que no fuera la pulsera que guardaba en el bolsillo derecho de la cazadora. Estaba absorto mirando al mar y pensando en aquella carta, en aquel día de Reyes sin familia, sin regalos, sin nada. Sacó la pulsera en un impulso automático y la sopesó en la mano, mirando al mar que se mecía a sus pies en una pleamar inusualmente tranquila.
- Ni se te ocurra tirarla, es el regalo de Reyes que me tienes que hacer- le gritó una voz jadeante. Anoussa cubría el último trecho hasta él, apretándose contra la pared de piedra erosionada, casi arrastrándose por el peligroso senderillo. Oian se acercó y la ayudó a cubrir los últimos pasos-. Y yo soy el tuyo, si estás dispuesto... Tu regalo... - añadió.
Se dejaron caer en el suelo, las espaldas apoyadas en el talud, las miradas frente al mar. Él era incapaz de pronunciar palabra, sus ojos iban de los de ella a la pulsera, de ésta al mar y de nuevo a los ojos de ella.
- Es hermoso esto- susurró ella. Oian tomó su mano derecha, le arremangó un poco el jersey y le puso la pulsera. Se levantó una brisa fresca que cubrió el rostro de Anoussa de cabellos rubios.
- Como tú, Anoussa.
Callaron otro instante de pálpitos acelerados.
-¿Vienes a gritarme o a insultarme? -dijo él amablemente. Ella estaba a punto de responder cuando oyeron voces del lado del camino que trepaba hasta allí.
- Mamá, ¿vamos? - había dos muchachos al final, amenazando con aventurarse. Ella se levantó y les hizo señas para que se detuvieran.
- No, esperadme en la plaza donde ha parado el taxi, enseguida vamos.
Anoussa se volvió a dejar caer a su lado. Depositó la cabeza en su hombro y se acurrucó en él tomándole el brazo. Oian alcanzó la carta que sobresalía del libro en el suelo. La echó un último vistazo y la hizo pedazos ante la mirada de ella. Los lanzó al precipicio y el viento los convirtió en frágiles mariposas blancas que volaban a su antojo.
- ¿Crees que tendré muchos problemas para cambiarles de colegio?
- No. No... tendremos... ningún problema - la besó en la frente, lentamente, y se dejaron tomar por el sol que moría a la izquierda y que era una hermosa bola amarilla que no perturbaba el azul intenso de aquel día, el primero que se llenaría de palabras. De palabras no escritas, por fin.[/font][/align]
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