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Vientos del Sur... y del Norte

Con estas pezuñas.

Vientos del Sur... y del Norte

Notapor linkito el Vie Jul 25, 2008 1:46 pm

Me permito abrir este hilo para mostraros lo que ha sido Andalucía para mí en este viaje. Espero lo disfruteis conmigo. Un abrazo.
Última edición por linkito el Mié Oct 01, 2008 1:35 pm, editado 1 vez en total
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Notapor linkito el Vie Jul 25, 2008 1:48 pm

[align=center]La Sevilla de Oro y Plata[/align]
Si me hubieran preguntado qué esperaba de Sevilla, no habría sabido que responder. Es tal la leyenda levantada entorno a la Capital del arraigo español, que uno podría esperar entrar caminando sobre una alfombra de pétalos de azahar, con el Guadalquivir engalanado, y el lejano olor a la cera deshecha de las procesiones en el adoquín.

Mis primeros pasos en Sevilla fueron errantes. Empezaron en grandes avenidas, bajo un calor sofocante y la ciudad oculta tras juegos que no lograba entender. Allá donde pasaba el río, se levantaban muros para esconderlo. Allá donde buscaba sombra, encontraba la risa ahogada del asfalto. Fue un inicio extraño, con el destino bien lejos y la ciudad como enemiga. Las dudas acabaron al preguntar a un conductor de autobús si iba bien encaminado hacia el hotel. "Póngale número a la avenida, y le diré cómo ir" Me señaló un camino largo, duro para un viajero que empieza a sentirse penitente bajo el sol andaluz de mediodía. Miré a mi amigo Jose, y no tardamos en decir. Autobús hacia destino, y que dejen de sufrir los pies.

Tras llegar al hotel, vimos que estábamos lejos de todo. Sólo el Estadio del Betis, y el vacío de un campo de trigo bajo el enrojecer del Sol. Autobús de nuevo, para ir a comer. Autobús de nuevo, para volver. ¿Primera visita o descanso? Era tal el calor, que Sevilla debía esperar. La piscina del hotel fue nuestro refugio. Allí descansamos del cansancio y el calor. Allí vimos que Sevilla adora jugar. Allí, la ciudad cubrió de nubes sus cielos, lanzó al viento hacia sus calles, y nos dijo que fin del descanso y la fuéramos a visitar.

Empezamos en el Parque de María Luisa, con su entrada principal anulada por las obras, y un paso clandestino como única vía de acceso. El aire y la soledad se convirtieron en guías y compañeros. Vimos al parque lejos del maquillaje, afeado por el vacío y la hostilidad del camino cerrado. ¿Qué ocurría, Sevilla, por qué estabas fuera para mí? Avancé, desesperado, buscando belleza o respiro. Ni rastro de gente. Ni rastro de nada.

El camino se acababa y, con él, el parque. De pronto, dar un paso significó ganarse el siguiente. Algo había a lo lejos. Era una fuente elevada en medio de un círculo enorme, con grandes templos al fondo y rojas arcadas delante. Era la Plaza de España, rojiza en el muro, gris en el suelo, y con el trote de los caballos como música principal. Era el país dividido en ciudades que abandonan su grandeza para ser pequeños bancos en que sentarse, pequeños dibujos que observar y pequeños nombres que contemplar. Me dediqué a caminar, a sentarme en mi Barcelona, a entrar en sus recovecos, y a respirar el primer perfume que me ofreció Sevilla en frasco de cristal.

Abandoné la plaza siguiendo las notas de un bohemio a su guitarra. Dejé las avenidas y tomé las calles. Iba distraido cuando una gitana se me acercó. "Coge el romero y te leo la mano". No la dejé. Mientan o acierten, dejen tranquilo a mi destino. Fue entonces cuando miré a la derecha y noté que el muro era el de la Catedral. La rodeé, y me hallé ante la Puerta del Perdón, con el patio de los Naranjos tras una puerta a derribar. Eso tocaba el día siguiente. Seguí el rodeo y ante mí se elevó un estandarte de piedra, una torre señorial que responde al nombre de Giralda, y que miré de refilón porque también tocaba mañana. Recordé a un motorista, media hora antes, que le decía a mi amigo. "Échale una foto a la Giralda". Siguió el paseo, callejeando por una Sevilla que olía a antigua y amurallada. Fue largo, y acabó en cena y visita a un centro comercial.

Un desvío nos hizo llegar hasta el cauce del río. La noche asomó en ese momento, y llegó el turno de dar las gracias. El Guadalquivir nos sorprendió, y apareció elegante y plateado bajo la noche, y no brillante y cansado bajo el altivo Sol. Me detuve, y vi que los puentes eran coronas en la enorme melena del río. Que las aguas reflejaban las luces de la ciudad. Me fijé en los matorrales, en las sombras, y en el invisible volar de su brisa perfumada. Llegaron la Maestranza y sus olés. Llegó la Torre del Oro, con su ocre, sus cañones y su graciosa robustez. Llegaron las palmeras, las sombras de la noche, y el eco de algún poema escrito en las orillas del río andaluz.

Y llegó Sevilla, la de verdad, la hermosa y sofisticada, la que jugó conmigo durante un día para acabar vestida de princesa, y mostrarme un joyero en que descansan los recuerdos de muros dorados y ríos de plata.
Última edición por linkito el Vie Jul 25, 2008 3:22 pm, editado 2 veces en total
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Notapor Majadera el Vie Jul 25, 2008 3:03 pm

Oooolé. :plas: :plas:


Estoy deseando leer tu experiencia en el barrio de Santa Cruz.
La Administración tiene errores pero nunca se equivoca.
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Majadera
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Notapor linkito el Mar Jul 29, 2008 4:59 pm

[align=center]El Legado del Pasado[/align]
Un caballo blanco tiraba de una carroza, haciendo que en el suelo sonaran notas de trote y pasodoble. Alcé la vista, y me encontré, entremezcladas como los tonos de un bodegón, las siluetas del Alcázar, la Catedral y la Giralda. Del primero veía el perfil de una columna de piedra, rematada en lo alto por formas afiladas y la alargada sombra de los cipreses. A su izquierda, se dibujaban los perfiles de la Catedral, extendida en un tapiz lleno de cúpulas y fachadas. Y a lo lejos, recortado en el cielo, se eleva el Giraldillo sobre el alminar que lleva a Sevilla a los relatos de Sherezade.

No quiero extenderme en las visitas. Entré, claro que entré. Primero en la Catedral, donde sus vastas dimensiones se me hicieron pequeñas en comparación con su belleza. La recorrimos por fuera y por dentro, hasta dar con sus enormes pilares y sus arcos imposibles. En la capilla, el Sol entra con timidez, por las vidrieras, sin suplantar lo que guardan las velas y la oscuridad. Nos detuvimos frente a santos y coronas de oro; frente a Cristo crucificado sobre una Virgen que llora; frente a los portadores de las que dicen ser las cenizas de Colón. Y recorrimos escaleras para subir a la Giralda. Y sonaron las campanas, dando la hora. Y nos asomamos a ver Sevilla. Y la vimos, pintada de blanco, verde y marrón. Y acabamos en el Patio de los Naranjos, donde parece digno decir adiós.

Llegó la comida, en una terraza. A los postres, llegó un gitano. Se puso a cantar, con voz rota y traje de indigente, desde el otro extremo de la calle. Fue un popurrí, no esperen gran cosa. Nada de magia ni Vientos del Sur. Dejamos el Alcázar para la sobremesa. Tiempo habrá de purgar el error. El Alcázar tiene jardines que no deben ser vistos bajo un sol cegador. Es legado árabe y del detalle, lleno de estancias donde los arcos esconden recuerdos de algún lejano sultán; pero también es herencia cristiana, con patios donde los caballos se arrodillaban bajo mando real. Vimos chorros de agua rompiendo un paisaje donde asfixiaba el calor. Recorrí sus jardines con apatía, sin saber que las 5 de la tarde de una jornada de julio es terreno prohibido en la cálida Andalucía.

Entraron dos visitantes y salieron dos penitentes. El calor se nos metió dentro, y no nos abandonó hasta el final. Salimos por el Patio de Banderas, para recorrer el Barrio de Santa Cruz. Hay allí calles estrechas, aire a viejo y leyenda, y ventanas tapadas por negras rejas. Fue un paseo con la mirada perdida, con el Sol como castigo y la gente sin aparecer. Tanto andamos, que terminamos en el Barrio de la Macarena. Recuerdo iglesias, largas calles y una triste alameda, en la que ni había sombra, ni había persona. Y seguimos andando, y dando vueltas, y Sevilla fue convirtiéndose en pasos dados bajo mis pies. Y tanto andamos, que el Sol acabó por rendirse y dar paso a las sombras. Y la gente salió a las calles. Y la alegría llegó. Y aparecieron las tiendas, y la Plaza Nueva. Y nos dijeron que había música al aire libre en el Alcázar. Y allí volvimos, para recorrer sus jardines de otra manera, y sentarnos a escuchar la voz de dos guitarras que, bajo aquel paisaje, trajeron descanso y armonía.
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Notapor linkito el Mié Ago 06, 2008 9:05 pm

[align=center]Olé[/align]
La transición temporal nos dice que tras la noche llega el día. Si lo recuerdan, dejé mis relatos sobre Sevilla en la noche del segundo día. Imagino que esperan que comience estas líneas con el amanecer del tercero. ¿Les importa si doy un salto y viajo unas horas adelante? A estas alturas, habrán comprendido que Sevilla, en el sofocante mes de julio, viste capa de vampiro y abre los ojos tras la caída del sol. Duerme de día, y el visitante ignorante encuentra calles donde la vida se oculta tras las legañas de una mirada demasiado temprana.

Doy cuerda al reloj, y dejo que se detenga en las 12 de la noche. Estoy junto a Jose, en una calle del barrio de Triana, ante un local cerrado a cal y canto. Nos han dicho que en él hay flamenco, cante arraigado, y el ambiente más andaluz que pueda encontrarse en Sevilla. Miramos hacia el cartel, pero no hay más rastro que la fe en la palabra de quienes nos dijeron "Es aquí". Esperamos de pie, pacientes, viendo a pequeños grupos de turistas acercarse con la duda en cada paso. De pronto, alguien levanta una reja desde dentro. Asomamos la cabeza, mientras levantan la segunda. La dejan a media altura, dejando que sólo la oscuridad llegue a la calle. Jose echa un vistazo, y atisba un local pequeño, de iluminación casera, sillas pegadas y aire a cerrado. Pasa un buen rato hasta que podemos entrar. Es real.

Confieso que lo esperaba distinto. Había folklore, pero distinto a lo que imaginaba. Llegué, y vi que el espacio era mínimo. Se podía andar tras la barra, en el minúsculo escenario, y poco más. Entramos con poca gente y ya parecía lleno. Sillas apretadas, con respaldos y asientos llenos de flores, que formaban un raro jardín. Paredes atestadas de marcos, fotos, carteles y santos. ¿Había pared, de hecho? Me levanté, valiente, y fui a la barra a pedir. Dos refrescos, para qué mentir. Me atendió una mujer de aspecto fuerte y vigoroso. Rondaría los 60, y se bastaba para atender a todo el personal. Whisky, cerveza, cubata. Lo que sea. Eché un vistazo hacia las sillas, y vi el juego de luces. Cámara, luces, sonrían.

Volví al asiento, y me sentí extranjero. Pocos españoles habría allí. A mi izquierda, un matrimonio ¿alemán?. A la derecha de Jose, un grupo de ¿ingleses? En el escenario, cuatro ya dispuestos. Cerraron las puertas. La música dentro; fuera, el silencio. Vi a dos con guitarra, uno con pandereta, y otro con el triángulo para acompañar. Empezó la música. Uno de los guitarristas, con voz rota, comenzó a entonar sevillanas y versiones varias. Andalucía se presentaba en forma de acorde sureño, viajando por el poco aire que retenía el local. La mujer de la barra salió de la guarida y comenzó a servir fuera de ella. Abandonar una silla arrinconada era tarea imposible. Pasaron varias canciones, cuatro o cinco a lo sumo. El encanto avanzaba, pero no llenaba el local.

En medio de una canción, la mujer llegó al escenario y retó a un hombre a seguirla bailando. Un paso, un giro de manos, una vuelta, y el arte a rodar. Fue el aperitivo, el entrante a lo que estaba por llegar. La mujer tenía, nombre, y era Anselma. El local era su casa, y nosotros la visita. Anselma elevó su rostro, miró desafiante, y empezó a cantar. Cambió letras, alargó notas, desgarró su voz hasta el fin del mundo y, para qué negarlo, puso a más de uno el vello de punta. Había que acompañarla. Había que gritar ¡olé! y dar palmas como el que más. Tal vez empezamos nosotros, pero el resto nos siguió. Recuerdo a un chico de color, que daba palmas con poco acierto. Se sentó, y se unió a la fiesta. Le daba igual seguir el ritmo, pero sabía, como todos, que Anselma merecía percusión. Y así fue, de madrugada, como Sevilla dejó la calle para meterse dentro de mí.

No creo que quieran saber más del tercer día. Se me olvidó hablarles de una tormenta; de la calle Betis; de los que pescan en la otra ribera del Guadalquivir; de un arcoiris tras la Torre del Oro; del niño del "empaquetaje"; de que Anselma se encaró con alguien, y aún no sabemos con quién; de la loca que nos seguía a eso de las 3. Da igual. Ya hablé demasiado. El tercer día fue una rosa en el cabello recogido, y el barrio de Triana, y la noche, y las palmas y una canción. Fue el viento del sur retenido en un local. Fue Anselma. Fue, ya lo he dicho, Sevilla.
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Notapor Milenius el Mié Ago 06, 2008 9:44 pm

Pues pasaste al lado de mi casa. Si me hubieras llamado te hubiera llevado a tapear a las Golondrinas, a la Blanca Paloma y a la Plaza de Santa Ana. Nos hubieramos tomado algo en el local de Juan (el primo de Paz Vega) en la calle Betis y hubieramos rematado en El Tejar.

De lo de la loca que os perseguía a las 3 de la mañana ní idea. Sería de Cadiz.
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Notapor Masketu el Jue Ago 07, 2008 9:56 pm

Acompáñese todo hilo bueno al uso con fotos wapas relativas. Se agradece.
Tu risa me hace libre,
me pone alas.
Soledades me quita,
cárcel me arranca.


(Espacio disponible para su publicidad.)
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Notapor Solps el Vie Ago 08, 2008 11:37 am

Apoyo la moción de Monseñor Masketú. ¡Fotos! ¡Queremos fotos! :ole: :ole:
"Tu recuerdo se difumina,
entre la densa niebla del olvido..."
(Solps dixit)
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Notapor linkito el Vie Ago 08, 2008 11:46 pm

Solps escribió:Apoyo la moción de Monseñor Masketú. ¡Fotos! ¡Queremos fotos! :ole: :ole:


Obviamente, la moción queda anulada.
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Notapor Solps el Sab Ago 09, 2008 12:15 am

...
Última edición por Solps el Sab Ago 09, 2008 3:00 pm, editado 1 vez en total
"Tu recuerdo se difumina,
entre la densa niebla del olvido..."
(Solps dixit)
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Notapor miramira el Sab Ago 09, 2008 4:32 am

linkito escribió:
Solps escribió:Apoyo la moción de Monseñor Masketú. ¡Fotos! ¡Queremos fotos! :ole: :ole:


Obviamente, la moción queda anulada.


Yo namás por la cara de bruja de la Solpa no las pondría. :mrgreen:
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Notapor Estatua el Sab Ago 09, 2008 1:20 pm

miramira escribió:
Solps escribió:cuando me impaciento se me pone una cara de bruja


Yo namás por la cara de bruja de la Solpa no las pondría. :mrgreen:


Lo que no me explico es cómo puede ser capaz de aguantar continuamente en ese estado de impaciencia. Debe ser estressssante y el estréssss no es bueno para la espalda.
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Notapor linkito el Sab Ago 09, 2008 1:28 pm

Solps, tienes una opción tremendamente sencilla. Busca "Sevilla" en el Google, y ya verás la de fotos que salen. Seguro que mejor que las que hice yo con mi humilde cámara.

Y sí, la impaciencia no es buena para la salud. Ni para casi nada.
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Notapor Solps el Sab Ago 09, 2008 2:56 pm

No he dicho nada. :)
"Tu recuerdo se difumina,
entre la densa niebla del olvido..."
(Solps dixit)
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Notapor linkito el Sab Ago 09, 2008 4:25 pm

Solps escribió:No he dicho nada. :)


¿Has visto lo borde que puedo llegar a ser? :P

Ya os enseñaré fotos, pero para eso tengo que terminar de contar el viaje. Poco a poco.
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